En el Antiguo Testamento Dios entregó los Diez Mandamientos a Moisés en el Sinaí para ayudar a su pueblo a cumplir la ley divina. El hombre debía seguir esos mandamientos al pie de la letra sin fallar en nada, pero eso era imposible, pues no había manera de permanecer perfectos y sin mancha. Cuando un hombre entendía que había pecado y llevaba su cordero al sacerdote para ‘pagar’ por su culpa, ese hombre debía entender que quien debía morir era él mismo y que el corderito había tomado su lugar. En pocas palabras, los mandamientos eran una práctica que el pueblo trataba de cumplir externamente y no necesariamente por querer cumplir con la ley de Dios desde su interior.

Más adelante, encontramos a los fariseos quienes eran un grupo religioso judío de la época que seguían normas de pureza sacerdotal, establecidas para el culto. Sus costumbres y tradiciones (conforme a la ley dada por Moisés) marcaron un ideal de vida en su cotidianidad, así que todo era ritualizado y sacralizado. Toda su religiosidad era marcada por sus tradiciones y rituales externos que no los conducían a una verdadera relación con Dios. Cuando Cristo vino a la tierra y se hizo hombre, parte de su misión, estaba encaminada a llevar a los discípulos y a las gentes a ir más allá de actitudes externas, y obras humanas como habían aprendido en el Antiguo Testamento. Su venida marcó un nuevo tiempo, la salvación por gracia y no por obras de justicia, es así que Jesús quería llevarlos a tener una relación con Dios interna, seria, real y una profunda conexión con su presencia, la cual solo era posible a través de El, Por ello se tomó el tiempo para caminar con ellos, compartir y darles sus enseñanzas siendo un ejemplo de vida. Jesucristo quería que se identificaran con Dios desde el interior de su corazón.

Identificarse con Cristo demanda un compromiso serio. Es un asunto voluntario y no obligatorio como lo era antes. Siempre será una invitación y NO una imposición. Jesús dice en Lucas 9:23 “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”. Ya no necesitamos intermediarios (los sacerdotes que expiaban los pecados por el pueblo) para acercarnos a Dios, ahora podemos acercarnos libre y confiadamente a través de Jesus pues Él es el único camino, la verdad y la vida y nadie puede ir a Dios Padre si no es a través de El. Si nos acercamos a Cristo en actitud de arrepentimiento, nuestros pecados son perdonados y nuestra relación con Dios es restaurada. No necesitamos actitudes externas falsas  para ser aceptados. Debemos arrepentirnos de nuestras faltas y reconocer que tenemos áreas que están siendo sanas y restauradas por el Señor Jesucristo. No podemos vivir creyendo que somos perfectos, necesitamos caminar diariamente en arrepentimiento ante el Señor. Todos los días debemos examinarnos y meditar en nuestros errores. Este ejercicio nos hará mejores cristianos, nos conectaremos cada día más con El y nos identificaremos plenamente con la Obra redentora de la cruz. Amén!

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